Las auroras titilantes de tu memoria,
de tu aliento de jaguar sacrificado,
son la tierra sagrada recién plagada
de tus dioses insepultos,
ya sin cuerpo que ofrendar a tu devoción,
a la lectura de tus amates:
Todos tus nombres en un muro
de calaveras que congelan al tiempo
en una letanía que ya nadie sabe explicar,
pero que,
tampoco,
nadie requiere.
He aquí tus nuevos dioses.